lunes, abril 16

Un mundo sin ella era bastante tranquilo, no diré que feliz pero sí tranquilo.
Pensaba él que todo era normal y llano, todo iba lineal, todo como hubiese esperado en un bien organizado plano de su vida.
Hizo caso a su madre, hizo caso a su inteligencia como era costumbre, siguió una vida que creyó correcta. Pero aun cuando esa vida para él era perfecta le faltaba sabor, no era feliz. La tranquilidad no es sinónimo de felicidad.
Ella le había dado lo más preciado, algo que nunca más había experimentado con su presencia fuera de su llana vida. Ella le dió curvas, colores y matices a su existencia. Con ella sentió numerosas sensaciones por todo su cuerpo, miles de pensamientos por su mente, y algo tal vez cercano a la muerte.
No era feliz sin ella. Podría ser su vida un fastidio con ella, tal vez con centenares de tristes momentos, tal vez sólo una docena de alegrías; pero al fin y al cabo era vida, y descubrió así que lo que hasta ahora vivía era sólo una maquena, fría y plástica maquena de alguna existencia.

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